¿Monumento a Fidel?

Pedro P. Yermenos Forastieri

Es lamentable constatar cómo, desde sectores políticos de los cuales uno esperaría conductas y actitudes diferentes a los parámetros tradicionales, surgen propuestas y acciones que no hacen más que confirmar que la construcción de una sociedad global auténticamente democrática e institucionalizada, vale decir, que no funcione a partir de los designios incontrovertibles de líderes mesiánicos, es una tarea que estará pendiente por mucho tiempo.

¿Por qué no termina de comprenderse que el auténtico valor de una sociedad radica en que sus estructuras funcionen de manera autónoma, al impulso de sus propios mecanismos institucionales, jamás sobre la base de individuos cuya temporalidad coloca en permanente riesgo la solidez de un escenario activado de tal manera? Que el mérito mayor lo configura una ciudadanía actuando por la plenitud de conciencia de deberes y derechos, y por el respeto espontáneo a las directrices del pacto social, no por la idolatría y seguimiento irracional a un personaje determinado por mayores que sean sus atributos.

No creo que haya necesidad de escamotear talentos, luchas, proezas, coraje y sacrificios, pero eso es distinto a situar personas en la poltrona de los imprescindibles, en entregarles el altavoz para que dicten resoluciones inapelables, en despojarnos de nuestras convicciones para asimilar las suyas sin ejercicios críticos. Eso solo es concebible entre alienados o débiles fanáticos que precisan soportes emocionales para subsistir sin miedos.

El culto a la personalidad opera en relación directa con la precariedad democrática, con la falta de instancias donde se debatan ideas en libertad y se sometan decisiones a las voluntades mayoritarias en procesos transparentes. El líder es equiparado a un dios aun en espacios poco caracterizados por la religiosidad y se realiza una labor meticulosa para perpetuar su figura pretendiendo que transcienda incluso su desaparición física que en ocasiones llega a pensarse que jamás se producirá.

Se anuncia la edificación en este país de un monumento homenaje a Fidel Castro y se trata de una propuesta que valoro absurda. Es innegable que el dirigente cubano manejaba su imagen con esmero de orfebre, pero estoy convencido de que si tuviera la oportunidad de decidir esto, no permitiría que se materialice. El desdén por su vinculación con manifestaciones ostentosas era parte de su estrategia comunicacional. Por eso ordenó que ninguna obra en Cuba llevará su nombre. Esas eran sus razones. Las nuestras debieran ser desechar lo que estimule la siempre frágil apuesta a la vulnerable condición humana.

Por Pedro P. Yermenos

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