La Constitución

Manuel Hernández

La lucha de los dominicanos por mantener viva las libertades públicas, con la Constitución como estandarte, ha costado mares de sangre, y una lucha permanente, en ocasiones con los hierros en las manos. Hoy, la consigna tiene que ser el respeto total a la constitución.

El Golpe de Estado del 1965, echó al zafacón la Constitución que se dio en el gobierno democrático de Juan Bosch. Un acto irracional, que trastoca los principios institucionales, y llevó a la República Dominicana a una guerra patria donde el grito popular era de vuelta a la constitucionalidad.

Al celebrarse un nuevo aniversario de la promulgación de la Constitución dominicana, el momento es propicio para hacer revisión de conciencia en torno al grado de respeto colectivo e individual que se tiene de ese documento vital en el ordenamiento democrático.

Tiene la Constitución que nunca jamás ser un simple pedazo de papel, como lo señalará el doctor Joaquín Balaguer, y pasar a ser la carta sustantiva de todo el ordenamiento democrático. Bajo ninguna circunstancia se puede violentar la Constitución, y todo los actos públicos y privados deben respetar su mandato.

La primera Constitución dominicana surgió en medio de la lucha por el poder entre los afrancesados de Tomás Bobadilla y los españoles de Pedro Santana. A los febreristas nunca se les tomó en cuenta para redactar la primera carta magna. Fueron erradicados de toda manifestación de poder.

La injerencia extranjera, sobre todo la francesa, se dejó notar para la proclamación de la primera constitución dominicana que se promulgó el 6 de noviembre de 1844. Cuando fueron elegidos los diputados constituyentes se decidió, por consejo del cónsul francés Eustache Juchereau de Saint-Denys, que sesionarán en la ciudad de San Cristóbal el 21 de septiembre de 1844.

El acto injerencista del cónsul se originó a fin de dejar a los diputados «toda la libertad de opinión, de acción y de sustraerlos a la influencia perniciosa del espíritu de partido».

La Independencia fue el 27 de febrero, y ya en julio del 1844 el general Pedro Santana se convirtió, a la fuerza, en presidente de la Junta Central Gubernativa. Días antes se convocó a las Asambleas Electorales en cada pueblo a fin de elegir los representantes de la Asamblea Constituyente, a los cuales se les otorgó el título de diputados, que habrían de redactar la nueva Constitución de la República Dominicana.

Hoy como ayer, para que la Constitución deje de ser un simple pedazo de papel, se necesita que tenga fuerza institucional y que todos la respeten. Cuando se viola la Constitución, se lanza a un país por un camino incierto, donde impera el caos y la desobediencia civil. ¡Ay!, se me acabó la tinta.

Por Manuel Hernández

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