El gasto público en los tiempos de campaña

Julio Gutiérrez

La ingenuidad no puede acompañar siempre a la excusa. Desde décadas ha sido una práctica en nuestro país, que los gobiernos de turnos se identifiquen en reorientar el Gasto Público, para aupar las aspiraciones de los candidatos identificados con las consignas de los sectores que de una manera u otra, ejercen influencias en las “transferencias corrientes”, para viabilizar y financiar las campañas políticas de sus adláteres.

A partir del mes de septiembre del presente año, la ejecución del Gasto Público se alejará conceptualmente de lo presupuestado, pues los fondos públicos se utilizarán conforme lo planifiquen los asesores de campaña de aquellos aspirantes con problemas de empatías con respecto al poder del voto del sector o comunidad donde pretende “conquistar” con sus proclamas electorales.

En todo lo que resta del 2019 y hasta mediados de mayo del año 2020, muchos reclamos de la ciudadanía se quedarán engavetados para darle “prioridad” a obras y servicios, que según los estrategas y asesores de campaña, se deben realizar. No importarán que aumenten las nominillas, los anuncios publicitarios, las compras en vehículos de transporte, las fundas y cajas navideñas, etc. etc.

Si entidades como Oxfam ha advertido el desborde en la ejecución del gasto en determinadas partidas que no necesariamente están identificadas con la calidad del Gasto Público, antes de entrar en el calor de las movilizaciones; ese desborde se refiere a partidas de gastos improductivas, que no generan riquezas ni repercuten en un sostenimiento del producto interno bruto (PIB), según se desprende del siguiente pronunciamiento de esa institución: “La escasa inversión en gasto social se encuentra entre las más bajas de América Latina y es el tercer país de la región que menos ha aprovechado el crecimiento económico para mejorar la salud y la educación, manteniendo a un 50% de la población bajo el umbral de la pobreza”.

Es cierto que “los números no muerden”, pero las combinaciones se convierten en cifras que al cotejarlas dentro de un parámetro, ofrecen informaciones que obligan a ponerle atención para evitar que las tendencias, altas o bajas, resulten en desviaciones importantes de las cuentas presupuestarias. El culto a las cifras se manifiesta cuando se respeta la transparencia y la calidad del gasto.

De seguir la actitud gubernamental de favorecer con obras y servicios a sus aspirantes a candidaturas presidencial, congresual y municipal, el déficit presupuestario se mantendrá en escala ascendente y, la única fórmula concebida por las autoridades gubernamentales para enfrentar la situación, es recurriendo al financiamiento interno y externo, incrementando la deuda pública y limitando la capacidad de resolver los problemas de salud, educación, energía, transporte y seguridad.

En tiempo de campaña los administradores de la cosa pública caen en la tentación de desvirtuar el objeto del gasto, para atender reclamos de los grupos políticos favorecidos por el Gobierno, sin importar que la combinación de déficits fiscales y el endeudamiento paulatino puede provocar una crisis económica difícil de controlar.

Por Julio Gutiérrez Heredia, CPA
Miembro 1001 del ICPARD
Auditor Forense

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