Instituciones de rodillas

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Manuel Hernández

La delincuencia da la percepción de que está arrodillando a la sociedad dominicana. A diario, se ven ejemplos de que el dolo está arropando la dermis de todo el tejido social. Desde hombres públicos, autoridades, jueces y policías, todos tienen integrantes que se corrompen y son árboles torcidos.

A pesar de ese mensaje negativo, hay que seguir luchando para que se imponga el principio de la ley. Es difícil poder imponer la ley, la dictadura de la ley, fuerte, inflexible, sin amigos, ni facilidades. Dura es la ley, pero así es que subsiste.

Demás está hacer radiografías sobre los hechos que permean las flojedades de instituciones que están para encaminar por senda de orden, respeto y civilidad a la sociedad y que sin embargo, los tropezones de sus miembros le hacen caminar con lentitud.

Aparte de que una parte considerable de los dominicanos está perdiendo la fe en las instituciones actuales. Desde hace muchos años los estamentos considerados columnas del sistema se han resquebrajado, no han sido reparados y hoy están llenos de huecos.

Hay que levantar nuevas instituciones, preservando lo mejor de sus hombres y mujeres, y echando a la calle a todos los que cometan pecados pestilentes. Para afincar las instituciones, lo primero es que sus integrantes sean serios y lo demuestren con su trabajo a diario.

No es problema de decretos, ni de leyes. Demás estamos llenos de reglamentos, y nadie los cumple. Cuando un policía comete un atraco, no es por falta de reglamentaciones, ni disciplina. Cometió el hecho por múltiples razones, y debe pagar por ello.

En vez de estar pensando en reformas que no solucionan nada, lo que hay es que modernizar a las instituciones. Los hombres y mujeres que son miembros de la policía tienen que ser adecuados con un trabajo a ser desarrollado en el siglo 21.

Lo primero es el respeto al ser humano. Estar enfundado en un uniforme debe ser visto como un privilegio para ayudar a su comunidad. No se está por encima del ser humano por portar un arma de fuego, o vociferar el poder que emana de ser una autoridad.

Para comenzar a controlar la delincuencia, hay que dar pasos hacia el rescate de instituciones que se quedaron en el siglo pasado, con hombres que viven fuera de época, y que no comprenden que las armas son para defender al ciudadano no para agredirlo.

El crimen nos dobla las rodillas, pero todavía no tocamos fondo. Hay fe y acciones que nos pueden salvar del lodo putrefacto. Manos a la obra para transitar por el camino de las reivindicaciones, las sanciones y los reconocimientos a los que exudan seriedad y honradez en su trabajo. Los torcidos, para la calle…

Por Manuel Hernández

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