La respuesta populista

Pedro P. Yermenos Forastieri

El populismo, en una definición sencilla, sin rigor científico, en el ánimo de que se comprenda, es prometer, asumir o aplicar políticas públicas de fuerte apoyo popular y coyuntural, que resultan simpáticas, que se aplauden de manera inicial, pero no necesariamente son apropiadas para el propósito perseguido, todo lo contrario, casi siempre se trata de medicinas ineficaces para la enfermedad que pretenden sanar, por lo cual, al cabo de su implementación, las cosas se tornan peores.

Los líderes populistas son unos irresponsables. Persiguen lauros episódicos, aun conscientes de que sus fórmulas no funcionan ni a mediano ni a largo plazos y que, por eso, harán una daño terrible al entorno social donde influyen, el cual, suele ser seducido por esos demagogos sobre la base de acontecimientos terribles para los cuales no encuentra alternativa.

Nuestro país se ha degradado a tales niveles, que está corriendo un grave riesgo: Que la decepción con las ideas, los métodos, las políticas y los dirigentes tradicionales llegue a ser tan generalizada, que la gente termine apoyando políticas populistas y a defensores de esos métodos, cuyos resultados serían catastróficos para la nación.

No es correcto mezclar justos reclamos de que muchas cosas sean diferentes con solicitudes de que se actúe vulnerando debidos procesos, es decir, de forma populista. Lo contrario tampoco es acertado, asimilar peticiones de que se proceda de forma institucional, con el hecho de que se esté recurriendo al populismo como herramienta de terror para propiciar que no se haga nada. Tan cierto es que necesitamos cambios, como que el populismo existe y es nefasto.

La principal lección de esto es que debemos tomar conciencia de que estamos llegando a situaciones límites y eso está ocurriendo al tiempo en que no contamos con propuestas políticas generadoras de suficiente garantía de que ofrecerán respuestas adecuadas ante una hecatombe que luce inevitable.

Encuestas recientes han arrojado la inédita circunstancia de que más del 50% de electores no tiene opción política definida. Eso, al mismo tiempo es problema y oportunidad. Lo segundo, porque refleja que existe un segmento poblacional abierto a nuevas posibilidades, pasible de ser conquistado por nuevas ofertas que rompan con el círculo vicioso que ha generado la histórica conducción desatinada de la cosa pública. No obstante, es el mismo sector que podría prestar oídos a propuestas populistas, a un troglodita que, prometiendo casarse con la gloria, nos conduzca a un matrimonio con el caos.

Por Pedro P. Yermenos Forastieri

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