Fuego que habla

Pedro P. Yermenos

Al principio de este mes se produjo un voraz incendio y una estruendosa explosión en una empresa capitaleña, los cuales, junto a los acontecimientos suscitados con posterioridad, constituyen nítidas radiografías del estado extremo de descomposición que padece la sociedad dominicana y que pone de manifiesto el barniz de falsía que disfraza el cosmético rostro que pretenden exhibir sectores de la élite económica, que con tanta frecuencia pretende ofrecer lecciones de la supuesta sociedad ideal a la que postulan aspirar y a la que en verdad poco contribuye como evidencian estos hechos.

Al margen de los factores accidentales que puedan caracterizar lo sucedido, es innegable que una hilera de episodios incorrectos y que nada tienen de casuales, contribuyó a que la dimensión de la tragedia fuese de mayor envergadura que lo que pudo haber sido si en este país las cosas se hicieran de conformidad con lo establecido en las leyes y a las cosas se les diera el seguimiento debido para garantizar que todo funcione acorde con lo previsto. Que no sea así no debiera pasar desapercibido, porque eso compromete responsabilidades y obliga a quienes deben asumirla a resarcir daños y perjuicios ocasionados.

El asunto habría que empezar a evaluarlo desde el otorgamiento de licencias y permisos para operar industrias y empresas de altísimo riesgo y cuyas operaciones colocan en situación de vulnerabilidad a trabajadores, directivos y al entorno donde operan. Habría que detenerse en la supervisión y la continuidad que deben preceder los procesos de renovación periódica de autorizaciones otorgadas.

¿Dónde estuvo la planificación urbana que ha permitido coincidir enclaves industriales con actividades humanas que deberían estar separadas?

¿Cuál ha sido el papel de las autoridades llamadas a poner orden y hacer que todo se haga con los mínimos niveles de peligro?

¿Por qué el gobierno no ha exigido a los directivos de las empresas involucradas la creación inmediata de un fondo de contingencia para cubrir gastos que él está asumiendo y que no le corresponden?

¿Tiene el contribuyente que aportar recursos para resarcir daños producidos por agentes privados?

Como si todo fuera poco, la población ha sido estremecida por la divulgación de un diálogo elocuente entre los máximos dirigentes de las compañías de que se trata, del que pueden derivarse aprendizajes interesantes que prueban que cuando en la vida de las personas el afán de lucro prevalece, los temas atinentes a la vida y su dignidad resultan secundarios.

Por Pedro P. Yermenos

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