Montesinos al revés

Pedro P. Yermenos

Cuando el dominico Fray Antón de Montesinos pronunció su célebre sermón de adviento mediante el cual recriminó de manera acre las autoridades españolas por el trato inhumano dado a los aborígenes, los funcionarios de la Corona le increparon para que en la próxima oportunidad se retractara. Lejos de atender la solicitud, el valiente sacerdote, quien no era el superior de su orden, lo cual le adiciona mayor mérito, reiteró los términos de su filípica, con lo cual quedó consagrado como histórico defensor de derechos humanos, sin importar que fuese una terminología no usada a la sazón.

El procurador general de la república, en sesión del Consejo Nacional de la Magistratura que evaluaba la meritisima jueza Miriam Germán Brito, estremeció al país al recurrir a un procedimiento absolutamente irregular y violatorio de los procedimientos del propio organismo, para acusar a la Magistrada de conductas impropias en el ejercicio de sus funciones, llegando incluso a la bajeza de involucrar el hijo especial de la dama en una supuesta trama que lo único que prueba es el sentido de protección de la madre respecto a su descendiente.

Luego de tan infortunado episodio, el Consejo volvió a reunirse y por lo que ha trascendido se acordó que el jefe del ministerio público se excusaría de forma pública y anunciaría que no iba a participar de la votación que decidirá la permanencia o no de la Magistrada como integrante de la Suprema Corte de justicia.

Para evidente sorpresa de los miembros del Consejo que lo acompañaban, el Dr. Jean Alain Rodríguez en efecto se excusó por no haber presentado al Consejo sus acusaciones de forma previa y por haberse referido a asuntos de la vida privada de la Magistrada, sin embargo, reiteró sus acusaciones, provocando que dos de los miembros abandonaran el lugar y otro no pudiese disimular su disgusto.

Montesinos defendió derechos y censuró a quienes los violaban. Llegado el caso, ratificó ambas cosas. El procurador atropelló derechos, acordó enmendarse y en la primera ocasión volvió a vulnerar dignidades. Las autoridades de la época recriminaron al sacerdote y le ordenaron rectificar, lo cual no hizo. El jefe del funcionario actual ha ofrecido, con su silencio cómplice y la preservación en su cargo, un espaldarazo que prueba, sin resquicio de dudas, que forma parte de una actuación que hace añicos la imprescindible separación de poderes, si es que vamos a apostar por una auténtica democracia.

Por Pedro P. Yermenos

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