Trump y Danilo

Pedro P. Yermenos

La determinación de continuar al frente de la conducción del Estado, en caso de alcanzar la primera magistratura de la nación, la ha tenido el presidente Medina antes de asumir el poder. Aquellas promesas de pretender gobernar un solo período y nunca más; los perjuicios que según sus fingidas palabras ocasionan a la economía las ambiciones continuistas; y aquello del tiburón podrido, no eran más que poses para engatusar un electorado proclive a dejarse seducir con cantos de sirenas desafinadas.

Llegado el 2015, preludio electoral del 2016, todo quedó evidenciado con la cruda certeza que tienen las angurrias develadas, las mismas que han prevalecido en la mayoría de gobernantes que hemos padecido, enfebrecidos por el virus terrible de creerse imprescindibles cuando lo cierto es que lo que ha precisado esta nación ha sido ejercitarse en las maravillosas reglas de una verdadera democracia, no esta farsa en que una sola persona encarna la manifestación obscena de todos los poderes sin moverse la hoja de un árbol sin su ilumina autorización.

De esa forma, y recurriendo a gastados argumentos y conocidos métodos, los cuales exhalan un nauseabundo olor a cobre cuya procedencia son las exhaustas arcas del patrimonio público, volvió a echar en la cesta del baño trasero la pisoteada Constitución que para poco sirve en una nación que no se activa bajo influjos de normas trazadas por textos, sino por órdenes emanadas de voces mesiánicas.

A partir de comicios que de competencia equitativa no tienen nada; con el presupuesto público al servicio de sus antojadizos deseos; y autoridades electorales sin la condición de árbitros, continuó subido en el palo y disfrutando a sus anchas de “su congreso”, que no es más que otro de sus feudos institucionales que le permiten gobernar el país como si de colmadito de su propiedad del sur lejano se tratara.

Ahora vuelve por sus fueros, abundan pruebas de que se resiste a abandonar el consumo de la pócima que ofrece sentido a la vida de quienes solo se conciben concentrando en sí el destino de su entorno, sin percatarse, por no importarles, del daño que ocasionan al conglomerado llamado a proteger.

Suertudo él, le llega invitación de otro que padece similar síndrome, pero a nivel planetario, y ni tonto ni perezoso, aprovechará al máximo la oportunidad para suscribir la iniquidad necesaria que consolide sus aprestos de continuar controlando el botón que suministra el aire que respiramos.

Por Pedro P. Yermenos

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