Límites Insospechado I

Pedro P. Yermenos

En el ámbito de la política, los esfuerzos por conquistar y preservar el poder son absolutamente comprensibles, lo cual no quiere decir, de ninguna manera, que todos sean legales ni mucho menos legítimos. Esa esfera del quehacer humano se reduce a eso, a una lucha, casi siempre descarnada, por hacer prevalecer ideas.

No somos ingenuos y estamos conscientes de que no se trata de una contienda de santos, ni de un enfrentamiento de impolutos contra pervertidos. En todos los litorales se encuentran muestras de las más abyectas formas de ejercer un oficio que, de manera paradójica, está llamado a procurar el bien común y, pese a eso, ha servido para lucrar de forma obscena a millones de aprovechados que han sustraído para sí sumas fabulosas con las cuales se habría podido solucionar graves problemas que no obstante el desarrollo portentoso de la ciencia continúan afligiendo la humanidad.

Pese a esa comprensión de la realidad de los hechos, no deja uno de espantarse cuando asiste en calidad de testigo a constantes manifestaciones de inconductas que generan la sensación de que, en términos de consolidación democrática, somos arrastrados hacia un pasado que muestra una fuerza descomunal a la que, como nación, al parecer, no podemos combatir. El país, por eso, luce atrapado por una suerte de resignación trágica, al no poder superar estas características lastimosas que nos identifican.

Suelen ser distintos los protagonistas, pero los métodos se reiteran en una pasarela rodeada de un público que no se percata de que su euforia coyuntural pronto podría derivar en su mayor perjuicio. Es una especie de tributo masoquista mediante el cual se acepta el daño futuro ante la complacencia instantánea. En ese escenario uno no sabe si llorar o rabiar ante tan absurdo comportamiento.

El actual gobierno y el partido que lo sustenta son los verdugos de ocasión. Con ellos, la frustración producida alcanza matices muy impactantes porque en pocas manos habíamos depositado tanta confianza como resultado natural de las garantías ofrecidas por sus voceros de que la suerte de la república al fin cambiaría cuando sus riendas estuviesen conducidas por quienes decían haberse formado para completar la inconclusa obra de nuestros padres fundadores. Resulta que hasta la jornada eclipsada de su propio egregio creador fue echada por la borda por un discipulado convertido en la antítesis de su traicionado líder.

Continuaremos el tema y sus consecuencias a corto, mediano y largo plazos.

Por Pedro P. Yermenos

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