El peso de la cruz

Homero Luciano

Desde hace algún tiempo, acostumbro para esta época hacer un alto en el camino, para evocar lo que a partir de hoy, los hombres y mujeres de fe, celebran: “La pasión y muerte en la cruz, de nuestro señor Jesucristo”.

Arbitrariamente, he hecho mía las Luces Encendidas del Reverendo Miguel Limardo. Es un devocionario que diariamente leo. Nos cuenta en la lectura destinada para el día 25 del mes de marzo que: “Al clausurar una representación de la pasión y muerte de nuestro señor Jesucristo en el pequeño pueblo de Ober-Ammergau, en Alemania, algunos turistas solicitaron permiso para inspeccionar el escenario. El director accedió la súplica de los turistas con muchísimo gusto. Tuvieron la suerte de encontrarse allí con el célebre actor Anton Lang, quien por muchos años, y con destreza única había venido desempeñando el papel de Jesucristo, en esa obra de teatro.

Una de las turistas, un tanto ingenua, le pidió permiso al gran actor, para que le permitiera tomar una foto de su esposo cargando la cruz, con la que él desempeñaba su papel. Este se lo concedió, pero cuando el hombre trató de levantarla, no pudo. Su peso era demasiado para él. Sorprendido, nuestro hombre le preguntó a Anton Lang por qué usaban una cruz tan pesada. La respuesta del actor fue: “Si yo no sintiera de veras el peso de la cruz, no podría desempeñar con acierto el papel que me corresponde”.

La capacidad de percibir, compartir y comprender lo que otro puede sentir, es lo que se conoce como empatía, y eso, exactamente era lo que permitía que Anton Lang, realizara con éxito el papel del personaje que encarnaba.

Al reflexionar sobre este relato, debemos comprender lo importante que es colocarnos en el lugar del otro. Porque si amamos al prójimo como a nosotros mismos, podremos vivir la situación por la que puede atravesar uno de los nuestros, y de alguna manera, sentir lo que Jesús padeció en la cruz. Él nos dio su vida por gracia, para otorgarnos el perdón de los pecados.

Jesucristo vive, resucitó de entre los muertos. Es tiempo de que le sigamos si ningún titubeo, y pedirle que nos ilumine para poder predicar con el legado de su ejemplo. “! Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”! (Juan 3, 16).

Por Homero Luciano

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