Homenaje a Frank Adolfo y a Justo Luperón en NY

Frank Adolfo

NEW YORK.- Con mucha pena, de la buena, quiero escribir un comentario casi hirviente sobre el desarrollo de un acto que la comunidad te ha ofrecido debido a tu exitosa, voluptuosa y agridulce trayectoria comunitaria; adjunto hoy a tu delicada salud. Varios actos de entrega de proclamas, aretes y alabanzas sobre tu persona tratando elevarte el ego en estos difíciles momentos, que pesan demasiado para tus pocas fuerzas. Todo esto, contrario a lo que nos mostrabas en tus momentos de gloria particular a “corazón partió”, pocos sazonaron tu diario vivir en los momentos de amarguras y gloria empírica.

Mucha gente que no te vivió ni trato, estuvo allí, ni siquiera conocieron a Justo Luperón, “que pena”; vociferando consignas casi políticas a tu favor; y tú con la mitad de tu mirada y alma en las pastillas, la otra en Brooklyn o que se yo. Nadie habló de la proeza de vivir con ideas clandestinas, sin poder pagar la renta y moldeando la poesía y, el payaso que ríe; “RIE PAYASO”. Ese voluptuoso diario vivir que cada día te alejó más de tu patria. Nadie te preguntó si querías volver a Barahona del sur. Que se debía hacer con las cenizas de Justo. Solo placas y placas que el camión de basuras al día siguiente se llevó. Parece que nadie sabía lo que es vergüenza. Cuanta ignorancia; ¡Cuánta hipocresía! ¡Cuantos vividores municipales!

Para Frank, el “personaje principal-, sin nombre propio” nos deja un mensaje. Que la identidad puede variar por un inquietante significado personal. Y que muchos de los nuestros lo hacen. Se puede describir su trayectoria por un éxito solitario sin venganza. Frank nos muestra dos personajes repletos de honestidad e inteligencia, anexo a muchos recuerdos históricos que arrastro desde el abril de Caamaño.

Frank; hace muchos años me dedique a estudiar esos dos personajes que tu representante. Eran y son tan distantes que todavía tu corillo no lo asimila: “Frank Adolfo y Justo Luperón”. Uno de estos personajes vivía contigo sobre tu espalda todas las noches cuando el vino sobraba. Ambos construían la sensación de urgencia y misterio que te dominaba. Tú los protegías constantemente con tu voz y tu mirada. Entre esos dos personajes se escondía un poeta que daba la señal de alerta, y hacían, con disgusto, un poco de miedo absurdo. Siempre pendientes de una trampa a esas horas de cualquier noche.

Me resultaba difícil reconocer cuál de los personajes era el principal y si ambos reconocían el peligro que enfrentaba uno. Nunca les hiciste daño a esos personajes, al contrario, compartiste con altura sus destrezas mundanas y desafíos.

Describiste tu vida en primera persona, nosotros te interpretamos en plural, por lo menos yo. Hiciste tu propia clandestinidad en el norte de una alucinación sexual que te hizo preso de confianza con tu propia evolución. Algunas veces no sabías donde estaba Justo, qué peligros corría, si tenía para pagar el cuarto o necesitaba mentir; eso solo lo pensabas tú. Estoy seguro que dormías teniendo sentimientos encontrados de culpa privada interno, pero cargados de afectos a esa conjugación de nombres que fueron tu propia creación. En fin, usaste tu propia configuración compuesta por una decencia permisiva que soportaste y, expusiste.

Nosotros tendremos que observar a Frank o a Justo, en la comunidad, como una probabilidad real y buscar su propia certeza en función de su posibilidad y futuro. Nunca esperemos el final.
Hasta siempre Frank Adolfo

Por Román Polanco

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