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Lo del padre Fajardo es una canallada

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NEW YORK.- Yo sé que muchos amigos y conocidos me preguntarán el por qué me presto a tratar un tema tan complejo, personal y sensitivo, como es esta noticia que involucra a uno de los sacerdotes más carismáticos e intensos que hemos tenido los dominicanos en New York. Es muy posible, también, que alguien le quiera agregar algunos otros adjetivos al nombre de Ricardo Fajardo.

Y me atrevo a adivinar cuales serán: cooperador, trabajador impenitente, conversador, solidario, activista comunitario y hasta político, porque siempre ha sido una reserva del “peñagomismo histórico”, un luchador de barricada por las causas más nobles de la comunidad. Estoy mas que seguro que ninguna persona -tal vez alguna sin sano juicio- dirá que era un fraude como sacerdote, un lobo disfrazado de oveja, o un solemne sinvergüenza.

De todo esto que les digo, estoy absolutamente seguro, aun y cuando -debo admitir- pudiera estar equivocado. Pero, hoy en día, estoy dispuesto a sostenerlo, hasta que los hechos me demuestren lo contrario. Lo mío con Ricardo, no es un caso de solidaridad y tampoco es que yo tenga mis granujas favoritos. No, esto es un caso de simple lógica; y trataré de demostrarlo.

Ricardo Fajardo no me ha contestado el teléfono desde que se supo de su calvario; y créanme, yo he hecho esfuerzos de hablar con él por diferentes medios. Eso significa que me estoy corriendo el riesgo de interpretar su silencio como una pesadumbre que lo embarga y corroe personalmente, y no como una discreta aceptación de los hechos que, aunque no implique admitir la falta, podría interpretarse como tal.

Pero, lo que es inaceptable, es el silencio cobarde de tanta gente que lo conoce y sabe de la entereza que ha mostrado este servidor de Dios, a lo largo de casi cuarenta años de ejercicio pastoral; y simplemente prefieren emular a Poncio Pilatos, lavándose las manos en lo mas íntimo de sus aposentos, donde nadie pueda verlos. Es como si les dijeran al guerrero caído: “ese es tu problema, no el mío”. Y esto es otra canallada, igual que la acusación, si finalmente se demuestra que es falsa.

Ahí es donde la incertidumbre me permea y mi dilema se convierte en una negociación de sólo “perder-perder”. Si Ricardo resultara culpable, al final del día, me va a doler en lo mas profundo de mi alma. Y si resultara evidentemente inocente, también me dolería, por la indiferencia mostrada por sus conciudadanos. Como pueden notar, mi caso no tiene manera de ganarse; mi dilema es el que evidencia la famosa canción: “ni contigo ni sin ti, tienen mis males remedio…”

Cuando sostengo que Ricardo es inocente, lo hago con un sentido de razonamiento lógico. Los pedófilos y aun los que tienen debilidad por las mujeres adolescentes o “primaverales”, no abandonan esas prácticas tan fácilmente. Es como si disfrutar de “esa carne fresca” les atizara el sentido de vivir, por ello los expertos consideran que es una enfermedad en potencia.

En tales circunstancias, yo quiero que alguien me refuerce la memoria y me recuerde, por favor, ¿cuándo se ha sabido de algo similar en todo este tiempo que lleva Ricardo entre nosotros?

Es por lo que sustentó su inocencia en el simple razonamiento basado en la lógica. No hay manera de que un “casi enfermo mental” con ese hábito, se pueda mantener “tranquilo” a lo largo de tanto tiempo. Alguna otra fechoría hubiese cometido.

Los amigos con quienes he tratado el caso me presentan otra arista del problema que sopeso, pero, la rechazó por inconsistente. Ellos sostienen que hace tanto tiempo del supuesto incidente que, por eso mismo hay que descartarlo. No es válido, a la luz de la época y las circunstancias, que invalidemos la denuncia porque supuestamente, los hechos ocurrieron hace mucho tiempo y nadie protestó en su momento.

Otro detalle -bastante morboso, por cierto- que he visto en los pocos reportajes que se han hecho sobre el impasse que envuelve a mi amigo Ricardo Fajardo, es que se trae a colación el monto de las indemnizaciones que su iglesia ha pagado por las demandas interpuestas en casos similares o parecidos. Yo no entiendo por qué hay que hablar de eso, en lugar de informar profesionalmente sobre el acontecimiento, aunque no se llegue hasta la defensa del imputado.

En realidad, esto me preocupa, e intentó poner en el escenario todas las posibilidades, cuidándome de no lucir como el “abogado del diablo”. Ahora, sé muy bien que, el agua derramada, no podrá volver al cántaro en su totalidad y que Ricardo cargará con los hechos sobre su conciencia, aunque se demuestre que realmente es inocente, como yo espero.

Lo que probablemente nunca logrará saber mi amigo es ¿hasta qué punto pudieran ser ciertas esas versiones de que la política y el manejo interesado por parte de “algunos políticos” influyeron en crear todo este embrollo en su contra? Versiones de las que yo, personalmente, nunca quisiera confirmar su certeza; por espurias y degradantes que son.

¡Vivimos, seguiremos disparando!

POR ROLANDO ROBLES

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